Un día cualquiera

El día había empezado bien, la coordinación de grúa/moto /taller y llegar al curro a tiempo había sido perfecta. Sí, la moto está otra vez rota pero eso ya es normal en mi vida.

Ya que me voy a conocer a todos los gruistas de Madrid, hubiera preferido que fuera un tipo atractivo, o al menos que me diese algo de coba pero me tocó un rumano, nada atractivo, poco hablador, bueno sí que hablaba, pero con el claxon, hubo un momento en que pensé que nos estrellábamos en la M-30.

Aunque estoy cansada, cansadísima, decido que voy a aprovechar la hora de la comida para ir al gim. Hace siglos que no voy.

Diez minutos de spinning, no doy para más, eso sí, he sudado como una campeona. Y remoloneando por el gimnasio caigo en una clase de esas virtual de levantamiento de pesas, sólo somos dos, el profesor y yo. Veinte minutos de arriba para abajo, no está mal es divertido.

Fin del entrenamiento. A la ducha.

Mmmm ¿se me ha olvidado la toalla? ¡No puede ser!  ¿Qué hago? Tengo que volver al empleo y estoy empapada en sudor ¡¡.

Mi atuendo de deportista no era muy de deportista, menos mal que no me gustan las camisetas de tirantes mini. En esta ocasión llevaba una camiseta sin mangas, larga, tan larga que casi me llegaba por las rodillas. Pues sí, que le vamos a hacer.  USO LA CAMISETA SUCIA DE SUDOR COMO TOALLA, ahí lo llevas.

Lo mejor, salgo de la ducha y descubro que la camiseta hasta se estira ¡ que chuli, si me sirve para colocármela alrededor de las caderas, estilo pareo!

Ole yo,  bien limpita que me quedo jaja. Estoy pensando en patentar la idea, he inventado la «camiseta toalla».

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