Tomando un café a mediodía

Suelo aprovechar la hora de la comida de mi maravilloso turno partido tan popular en este país para ir al gimnasio, pero hoy, no tengo ganas; bueno, ni hoy ni últimamente así que enfilo a una cafetería chic del barrio de Salamanca a tomarme un té con un buen libro. Un poco de paz busco, a 2,50€ el té pero al menos merece la pena un poco de tranquilidad.

¿Tranquilidad? Hay un gili sentado en una mesa con el portátil y el móvil.

Se creerá muy guay por estar trabajando en una cafetería pero en realidad da pena, ¿no tienes oficina majo? No para de hablar y de dar gritos. El caso es que el tío esta bastante bien, parece alto, moreno de gafa pasta, pelo rizado y larguito, como nos gusta.  Mi mirada a veces es de odio: «¡calla que no me concentro!»  y otras veces de caída de pestañas, «que guapo es…». No me decido.

La verdad que esto de vivir sola hace que, de vez en cuando y sin querer, los  pensamientos se verbalicen y fluyan al espacio sonoro. Y justo mi preciosa voz se hizo pública en una de: «¡No se callará!… joe que pesao, vaya tío!»

Se hace un mini silencio, le miro y me encuentro su mirada;  no sé si ha sido capaz de leer los labios o de escucharme pero seguro que la cara de asco que tengo ha sabido interpretarla bien.

Como ya me ha estropeado mi momento, decido volver al trabajo porque yo sí que tengo oficina, aunque sea lo único que tengo.  Paso por su lado con un aire de suficiencia y constato que el tío es bastante atractivo aunque sea un homeless laboral.

–  ¡Oye, oye! – suena esa voz que ya soy capaz de reconocer a mi espalda.

– Le llaman, señora – dice el camarero que tengo delante.

Jolín con el señora, voy a tener que ir acostumbrándome aunque esta vez no me sienta tan mal,  sé que me está hablando del homeless laboral guapo y todo me resbala.

Y estos son los micro segundos en los que siempre pasan mil cosas por mi cabeza, como si esos segundo fuesen horas. Me imagino explicándole que trabajo ahí al lado y contestándole a qué hora salgo de la oficina y me veo subiendome en un descapotable conducido por este gafitas que hace un rato no me caía tan bien.

Me giro, (todo en cámara lenta), mi melena flota en el aire acompasada de mi caída de pestañas cual anuncio de champú.

– ¿Me decías?-  le digo muy digna.

– Te has dejado los guantes encima de la mesa – gruñe.

¿Se puede pasar de un estado de excitación y felicidad a otro del más intenso desconsuelo y dolor en décimas de segundo?

– Sí, son míos,  gracias. ¿Algo más?

¡¡¡¡ Algo más !!! Patética, estás loca???? ¿No hay delete?  ¡¡Quiero retirarlo!!!

– Creo que no te has dejado nada más – contesta el listo de él.

Sí, si que me he dejado algo: la autoestima, por los suelos.

 

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