Noche de concierto

No es ese tipo de concierto que os estáis imaginando, de vez en cuando me da por ir a escuchar música al Auditorio Nacional, así a lo pureta yclaro, me toca ir conmigo misma, que le vamos a hacer. Por lo menos estos eventos no están llenos de parejas que te hacen sentir sola en el mundo, por haber hay hasta familias que van en amor y compañía.

Yo ya estaba sentada, esperando que diera comienzo el espectáculo, y llegaron ellos. Me levanté a cederles el sitio, siempre que puedo elijo una butaca en pasillo para no sentirme tan rodeada de extraños. Son una pareja de mi edad, ella pasa primero y él se queda sentado a mi lado.

– ¿Es la primera vez que vienes? – me suelta el chico.

¿Perdona?,¿ahora vamos a hacer amigos? Intento no poner esa cara de asco, de la que siempre me acusa Patsy y le contesto:

– No, he venido antes alguna que otra vez.

– Yo es la primera vez que vengo.

SILENCIO….

– Este tiene que ser un buen sitio entonces, ¿no?

– Pues no mucho, estamos demasiado delante para poder ver bien la orquesta…

Tiene unos 40 años, ojos azules, barba poblada, parece salido de los 90″, jersey azul encima de una camisa y vaqueros.

En mi cabeza empieza el runrún, no suena a gay, viene con una chica, parece su pareja, ¿por qué narices me habla? ¡Habla con la rubia que tienes al lado!

Me cuenta que una persona del coro es amiga suya y es entonces cuando la rubia entra en acción. Ella parece simpática, pero no logran entender que me importa bastante poco, que no voy al concierto a hacer amigos. Sí, estoy sola pero eso no significa que quiera ponerme a cubrir los silencios hablando de tonterías con desconocidos.

Por fin empieza el concierto y llegamos al descanso. Salimos todos a estirar las piernas. Yo voy a la cafetería a por un agua y cuando regreso a mi sitio me lo encuentro ahí, de pié en el pasillo, sólo, sin la rubia. Me sonríe, le devuelvo la sonrisa e indico con un ligero movimiento de cabeza que se aparte un poco que me voy a sentar. Ahí se acaba nuestra historia, la rubia llega, aún no logro adivinar si son pareja o amigos pero esa duda se disipa cuando veo que ella, en algún momento ,y ya sentaditos, le coge la mano.

Tras el aplauso final nos levantamos, me coloco en el pasillo para tranquilamente recoger mis cosas, él se agacha coge mi paraguas y me lo entrega.

– Muchas gracias. ¿Te ha gustado? – intento ser amable esta vez.

– Sí, mucho. Demasiado calor pero me ha gustado, sí.

Ella me sonríe al salir.

– Adios.

– Adios.

Aun estoy poniéndome el abrigo y oigo que alguien me llama.

– ¿Patetica?

Le miro, el caso es que su cara me suena…

– No estaba seguro si eras tú. Soy Marcos ¿te acuerdas? Joe, que tanto no habré cambiado.

Marcos, mi segundo novio de la juventud. Me presenta a su mujer, me cuenta en pocos minutos que llevan casados 15 años, tienen dos hijos que han dejado en casa con los abuelos. Las entradas para el concierto fueron regalo de algo de su empresa…no me entero muy bien.

– ¡Tú estás igual¡ ¿Has venido sola?

– Sí, a veces vengo al Auditorio y sí, vengo sola.

– ¿Te casaste? – (ya está, la pregunta del millón)

– No, no, sigo soltera.

Ya estamos casi solos en el patio de butacas, salimos hacia la puerta.

– Nosotros vamos a cenar ahora con unos amigos, ¿por qué no te vienes? De verdad que me alegro mucho de verte.

– No puedo, he quedado – rechazo la invitación con una sonrisa malvada.

– Ya sabia yo, seguro que con un algún «ligue».

«Ligue» otra palabra que me cae mal. Lo que no se da cuenta mi pobre amor adolescente es de la cara de su mujer al oír la invitación. Nos despedimos.

A veces la inconsciencia de algunos me supera ¿Cómo voy a ir a cenar con ellos y con otras parejas que no conozco? Ni que estuviese desesperada y sin plan, ya he dicho que había quedado, vaya tardecita que llevo.

Cojo el teléfono y mando un whasap a mi cita:

Patsy, estoy saliendo. En 40 minutos en el bar Esperanza.

 

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