Mis fans

No voy a quejarme de los perfiles que me ofrece Tinder cuando juego a que me muestre todos los solteros que tengo a mi alrededor con un simple desliz de dedo. Bueno un poquito sí.

Patsy me tiene dicho que haga el favor de bajar la edad en mi búsqueda. Como me gustan más mayores tengo el techo en los 50 años y yo creo que el maldito algoritmo sólo me muestra los «señores» de 49 y 50. Lo hace para fastidiarme y que pague la cuota, pero sigo resistiéndome. Y no es que yo me sienta como una universitaria pero es que de verdad… ¡peor que mi padre!

De alguna manera creo que busco un viejuno cool y eso no es fácil que se vuelva a repetir. Una foto no es capaz de decirte, «bonita ven a mí soy el hombre más sensual con el que te vas a cruzar jamás».

Mi madre se ha puesto a buscarme pareja entre los amigos y los no tan amigos. Miedo me da lo que irá diciendo por ahí de mí. El otro día me contaba que el hijo de no sé quién se ha separado y que iba a preguntar a no sé cuántas. Su eterna frase de que a mi edad ya sólo me queda elegir entre lo que «otras no quieren» me hace ya hasta gracia.

En China hay un término para denominar a las mujeres de mediana edad que no tienen pareja pero sí un gran éxito profesional. Se les llama las «sheng nü» o «mujeres sobrantes».  Piensan que por menospreciarlas con ese término van a tirarse a la caza de buscar marido y tener hijos para salvar el problema de natalidad. Creo que muchas, a pesar de la presión social, pasan. Se puede ser muy feliz siendo soltera liberada y el plus del éxito profesional. En mi caso me falta el «plus».

Pero para mi madre yo lo tengo todo. Es por eso que ella busca separados que no tengan problemas económicos y que se lleven lo suficientemente bien con su ex para que, en caso de que tengan hijos, eso no sea un problema. No pide poco mi madre. Ahí la tengo buscando, ¡que no se cansa la mujer¡

Menos mal que en todos estos años sólo me la ha liado un vez. El chico también estaba «tarado» como yo. Nunca casado. Me salvé del ridículo porque nuestro campo profesional era el mismo y teníamos una excusa para quedar. Nada más ver su foto en whatsapp ya sabía que no… y supongo que él pensó lo mismo. Vino un día a mi oficina, le ayudé en lo que necesitaba y chau. Ninguno de los dos hicimos match, pero al menos fue algo menos impersonal que ligar en una aplicación. Eso sí, con igual resultado.

Y como el campo de fans se va abriendo… La semana pasada de vuelta del trabajo pasé por un sitio de pedicura chino del barrio de Salamanca (Madrid). No dejo yo mis pies en manos de cualquiera, aunque los pobres poco me lo agradecen. Este año llevo ya dos golpes fuertes en los dedos con moratón incluido. Pero yo les quiero igual y, por eso, aunque sólo se muestran ante mí, de vez en cuando los visto de color, para que se vean más bonitos.

La chica oriental, tan amable y silenciosa, me indicó dónde quitarme las medias. Elegí el eterno color rojo pasión, por algo se empieza. Una vez acabado mi tiempo de relax, mientras ella recogía los enseres, le pregunté al único ente masculino del local si podía volver a entrar en el reservado para ponerme las medias. Sonriendo me indicó con la mano que pasara.

Lo que no sabía es que él iba a venir detrás de mí y que según cerré la cortina la volvío a abrir para introducir su cabeza y preguntarme, ¿quieres que te ayude?

¿Queeeeeeeeé? ¿A ponerme las medias? No, gracias. Esto lo hago muy bien sola.

Pies para qué os quiero.

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