Mañana de mierda

El domingo por la mañana es mi día, me encanta ir al Lidl a comprarme mi cruasán dominguero y ya aprovecho para leerme el folleto con las ofertas semanales. Me las compro todas, así que Lidl decide prácticamente mi menú semanal.

Y ahí que bajo yo con mi carro en mano tan feliz, bien madrugadita, en cuanto abren el super ahí estoy yo rodeada de los eternos jubilados madrugadores.

Desde que la vasquita zen me convenció de que he de dejar las redes sociales y lo que tengo que hacer es superar mi vergüenza y mirar a los tíos a la cara tipo: «sí, tú, me gustas» al tiempo que les lanzo una sonrisa, voy poco a poco intentando esta otra nueva estrategia. Sé que no me va a durar mucho porque a mí me va más el rollo de lo fácil, dar «like» en el teléfono a un perfil de chico perfecto. Lo demás se lo dejo al destino, que ese tipo que está buenísimo me corresponda con otro like en mi perfil en el que no tengo foto y en el apenas doy información de mí.

En fin, que estoy de vuelta de mi Lidl, carro en mano y pensando en mi cruasán calentito que me voy a desayunar en cuanto llegue a casa, y ahí estaba él, viniendo hacia mí. Mi primera reacción: comerme el suelo. Mi segunda reacción: recordar que le tengo que mirar a los ojos.

¡Oh,  no! ¡Que él también me está mirando! ¿Y ahora que hago? ¡Cada vez está más cerca! Me acuerdo de la madre de la vasquita zen, me faltaba la fase dos así que sin quererlo vuelvo a posición A, comerme el suelo y es que ¡ va a pasar a 10 centímetros de mi!

En ese momento veo por el rabillo del ojo, porque le tengo a mi inmediata derecha, que se resbala. Casi se me cae encima pero se recompone y sigue de frente.

Yo, que estaba mirando al suelo, eso sí que lo veo… había pisado una mierda justo en el momento en que se cruzó conmigo, por eso se resbaló.

¿Era una oportunidad de haberme parado y echarme unas risas con él? Pues sí, pero en mis sueños. Porque yo sigo toda digna, carro en mano, mi camino.

En casa ya y frente a un café calentito, disfruto de mi cruasán pensando, por si me pasa otra vez, como sería la fase B y qué podría haberle dicho a mi potencial príncipe azul. Y es que podía haber sido peor, que el resbalón me lo hubiese dado yo, si es que al final voy a ser una Patetica con suerte.

 

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