Sólo llevo un número

Recuerdo que recién cumplidos los 18 años mi madre me llevó al bingo.

Después de jugar un cartón y ver como en un par de minutos el dinero y el tiempo habían volado,  le dije que yo prefería mirar como ella marcaba los numeritos y yo guardarme el dinero. Nunca me han gustado los juegos de azar, igual es que en el fondo no creo en los cuentos de hadas.

En eso soy lo contrario a mi padre que colecciona cupones como yo, en estas fechas navideñas, envoltorios de polvorones.

A él le debo mi cultura lotera. Si alguien me ofrece comprar un décimo, aunque aprieto fuerte la mandíbula e intento controlarme, casi siempre caigo. Digo casi siempre porque este año me había propuesto no jugar absolutamente nada y negarme en cuerpo y alma a comprar y cambiar lotería por mucho anuncio que hayan puesto en la tele. El saber que la lotería fué un invento de Carlos III importado de Nápoles como una forma encubierta de cobrar impuestos me ayudó bastante.

– Pateticaperez, ¿tú sabes para qué sirve este boleto? me dice mi compañero japonés que lleva en España algo más de un año.

Me explica que había ido a correos a entregar nuestra paquetería y que se pusieron tan pesados que no tuvo más remedio que comprarlo.

¡Oh, cielos! Me lo habían ofrecido cada una de las veces que había ido y me había negado en rotundo. Iba a tener que comerme mi orgullo y volver a la oficina sólo para comprar la maldita participación.

Y aquí la tengo, soñando como cada uno de los que en estos días han hecho una cola kilométrica a la intenperie en Doña Manolita esperando a que mi número, el único que llevo, sea ganador.

Ya sabéis mi suerte, os informo que acaba en 5.

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