Historias de la nieve – 1

Cierto que me da miedo andar por la nieve.

Cierto que siempre acabo cayéndome. Cierto que he salido sólo un par de veces a la calle y con un bastón de senderismo. Cierto que a veces soy un poco abuela.

Y cierto que un día no hay más remedio y hay que salir a hacerse presente en la oficina.

Tampoco era para tanto, o es que ya ha pasado el tiempo suficiente para que haya senderitos en las calles principales abiertos que, con cuidado y despacio cual señora mayor, te permiten caminar.

Te lo permiten si lo que tienes enfrente no es una Señora, de estas con mayúscula, rubia, bien pintada, que va tan feliz con su abrigo de pieles y su bolso de metro y medio por un sendero en el que apenas cabemos las dos.

Ella va tan agusto por el medio, yo me voy echando a mi derecha para que en el momento en que nos crucemos quepamos las dos. ¿Pero ella se movió? No, ni un átimo.

Así que cuando nos cruzamos yo me quedo parada, y ¿qué hace la buena señora? pues desestabilizarme con el bolsazo con el que me arrastra.

¡Será zorra! – digo en alto.

Según lo estoy verbalizando me arrepiento en el acto, porque ella también es una mujer y porque no me gustan esos apelativos para una fémina, podía haberle dicho otras cosas…

Y en estas cavilaciones estoy cuando creo oír en la lejanía unos gritos. Yo voy con mis cascos oyendo las noticias de la radio, así que tampoco oigo nítidamente lo que pasa, pero por curiosidad y como no cesan, me giro a ver qué ocurre y diviso una estampa de la señora rubia del visón agitando su bolso y gritando. Supongo que me ha oído el apelativo porque me parece que está hablando de mi madre.

Me doy media vuelta y sigo mi camino poniendo fin a esta última cavilación.

No, no lo retiro, por mi madre que no.

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