En el lavado automático

No os hagáis ilusiones, porque yo, es leer el título y me imagino a un chico de esos de coca cola, moreno, torso desnudo lavando el coche y un buen final feliz. Pero no, nada que ver.

Tenía que lavar el coche después de tanto tiempo parado y de camino a la sierra dónde viven mis padres paré en un lavadero de esos de gasolinera de pueblo que por un euro, al menos, lo dejas sin polvo.

El caso que me encuentro a un jovenazo, de estos de veintipocos, de los que su mayor tesoro es su coche. Y así lo cuidaba, se había traido su esponja, su cubo y tan feliz a mano que lo estaba lavando. Así lavaba, así, así,así lavaba que yo le ví.

No sé por qué me dan esos arrebatos a veces, pero el caso es que me dió. Me bajé del coche, sin mascarilla ni nada y a una distancia prudecial le grité:

– Oye, ¿no estarás lavando el coche a mano no?

– Pues eso parece – me contesta el tipo tan chulo mietras sigue frotando su carrocería del fantástico Seat Ibiza rojo.

Los calores me empiezan a subir. ¿Cómo? ¿Encima me chulea?

– Sabes que aquí así, no puedes lavar el coche.

– Si te parece me voy a mi casa a lavarlo.

– Pues te vas a tu casa o a donde quieras pero yo tengo que lavar mi coche también y no voy a estar esperando a que tú saques brillo al tuyo. Para eso te retiras y lo lavas a mano con el cubito porque parece que la mangera no la vas a usar.

El chico me mira, se lo piensa y dice: Yo no me voy a ir pero si quieres ahí detrás hay otro lavadero.

Le lanzo una mirada asesina, me doy la vuelta, subo al coche y me voy para el otro lavadero. ¿Y a quién me encuentro? A otro jovenazo cortado por el mismo patrón, lavando el coche a mano. Tiene de observadores a otros cuatro o cinco de la misma edad que ,bajo la sombra del edificio anexo, han parado sus coches y están todos de cháchara.

Estos son amigos y la diversión es venir el sábado por la tarde a sacar brillo al coche, llego yo solita a esta simple conclusión.

Como ya estoy mayor, me enfilo directamente a la persona que atiende en la gasolinera. Me escucha sin dejar de mascar chicle y con los ojos muy abiertos ,yo creo que incrédula de lo que le estoy diciendo. Me pongo tan pesada que la pobre no tiene más remedio que ir a decirle a los chicos «algo» porque no sé muy bien qué es lo que les dice.

Me pongo a la cola del Seat Ibiza rojo que parece que va a acabar ya. En esto que se acerca uno de los «amigos» y le oigo que le dice: «pasa de ella, está rabiosa».

¿Rabiosa yo? ¿Rabiosa yo? Me digo a mí misma mientras enfilo como un buldog a la vera de los chicos.

– ¡No estoy rabiosa! Lo que pasa que quiero lavar mi coche y no puedo porque estáis haciendo un mal uso del lavado. Y sabéis que tengo razón.

Ni siquiera me contestan. La verdad que casi mejor, así me calmo un poco.

No tarda mucho en recoger todas sus cositas, el cubito, la esponja y el jabón y lo mete todo con gran parsimonia dentro del maletero. Cuando se introduce en el coche aparece el que me ha llamado «rabiosa» marcha atrás en otro Seat Ibiza, esta vez negro, parece que los tenían de oferta.

Los ojos me hacen chiribitas, ¡más chicha!, pues va a tener razón que estoy rabiosa.

Entre un coche que sale, el otro que intenta dar la marcha atrás para colarse y yo que piso el acelerador como si me fuera la vida en ello consigo meterme en el lavadero antes que él. Suerte para mí que me queda la manguera y el dispositivo para echar dinero a mi izquierda.

Y no, no lo dejo estar. Me acerco a la ventanilla del chaval y como para chulita yo, le digo.

– ¿No pensarías que ibas a colarte verdad?

– No me voy a colar, estaba esperando. Y he llegado antes que tú

– Ah, ¿sí? ¿Y dónde estabas?

– Ahí al lado.

– Ya, pues ahí al lado, a la sombra parlamentando con los amigos no es hacer la cola. Así que lo sient,  pero voy a lavar mi coche yo primero. Eso sí, no voy a tardar mucho – le suelto con retintín aunque no creo que lo pille.

– Tu lo que eres es una zorra – me dice si venir a cuento y con el coche en marcha.

– Pues sí, ¡ soy una zorra! – me desgañito contestando. Y qué bien me vendría ser un poco más zorra para no calzar esta mala hostia, pienso.

El chico también tiene ganas de desahogarse porque me remata: Seguro que nadie te quiere y sale escopeteado antes de que me de tiempo a contestarle nada.

Pero nada le iba a contestar, es verdad, nadie me quiere pienso mientras feliz lavo mi coche.

 

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