El hombre de mi vida

Mañana he quedado con el hombre de mi vida, le digo a Patsy en una de las múltiples conversaciones telefónicas diarias.

Como no sea éste, no será ninguno. Practica yoga, no alardea, le gusta ir a ver exposiciones y tiene una Vespa. ¡Es el hombre de mi vida fijo!

Así que pierdo dos horas del domingo en ponerme guapa para él, me lavo el pelo, me pongo una mascarilla en la cara, me repinto las uñas y me ajusto la braga faja para no caer en la tentación. Desde que dije, años atrás, que nunca se folla en la primera cita lo cumplo, y sí, la verdad que me lo han puesto demasiado fácil.

Me manda una foto hecha en el ascensor antes de salir de su casa, para que vea su outfit y no me confunda cuando le vea llegar. La verdad que va muy bien conjuntado, buen cuerpo, ropa limpita, un reloj precioso, las uñas cuidadas… y sí, ya lo sé, me he estudiado la foto a conciencia pero el punto negativo de las fotos del ascensor le sigue teniendo.

Como llega tarde, yo me dedico a estudiar la carta, y tan metida estoy pensando en la tarta que me voy a comer que no le veo llegar. Él se ha debido de poner nervioso al no encontrarme porque cuando oigo mi teléfono sonar, levanto la vista y le veo pasar como un rayo. Cuando ya le tranquilizo y se sienta mira la carta de tés.

¿Qué vas a pedir? Su voz es muy flojita, tiene pinta de señor, señor bueno. Me dice que la cúrcuma y el jenjibre son muy saludables, «tienen muchas propiedades» afirma como un entendido.

– ¿Si? ¿Qué propiedades tienen?, le digo a mala hostia, porque es así, odio a los listillos.

Me mira con ojos de carnero degollado y le respondo yo.

– ¡Ah! Tú sí que eres entendida…

– No mucho, me gusta saber, nada más.

Su segunda metedura de pata es cuando me cuenta las exposiciones a las que ha ido últimamente… No hay que ser muy espabilada para darse cuenta de que va sólo porque tiene el seguro en la Mutua y así le sale gratis. No me corto un pelo en preguntárselo ni él en afirmarme que así es.

En seguida empiezo a notarle los labios y la boca seca. Yo, lo primero que me fijo en un hombre es en su boca, si me dan ganas de besarla vamos bien pero si no…

A los 5 minutos ya se le ven las boceras, ¿será posible? ¡Me tiene que pasar esto dos veces! Este chico, al menos, sabe que tiene un problema porque coge una servilleta y se limpia. Este acto lo hace unas 4 veces durante la hora que pasamos en la cafetería.

Y ya es mucho tiempo, porque aunque la charla es medio amena, la verdad que es difícil hablar con un tío que no te quita la vista de encima con una sonrisa perenne, sonrisa de yoga, sonrisa con boceras…

– Nos vamos ya, ¿no? le digo.

Él se presta a pagar la cuenta. Insisto en que pago yo, encima que le voy a dejar tirado después de que ha venido desde el extra radio al centro en Vespa pasando frío… Él dice que paguemos a medias y acepto.

Salimos y me suelta…

– Bueno, ¿qué te apetece hacer?

– Pues … es que tengo frío. Así que yo me iría a casa.

Le echo las culpas a Patsy que me ha dicho que hace un día estupendo y he salido con calcetín corto para intentar suavizar la despedida.

No se lo toma mal y hace la despedida fácil y rápida.

Por el camino voy pensando cómo le voy a dar largas a este chico, igual le borro directamente del Tinder y así pilla la indirecta. Llego a casa, abro la aplicación y resulta que el tío se me ha adelantado, ¡¡¡ me ha borrado él primero !!!

Me río en alto, sola en casa como una loca y pienso, sí que era bueno este chico, sí. Y ya que tengo el móvil en la mano sigo con la búsqueda del hombre de mi vida, ya llegará.

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