Cuento perfecto de navidad

Era uno de esos días de subidón que no sabes por qué, pero estás contenta.

O un poquito sí lo sabes. Es el último día de trabajo, vacaciones de Navidad y a comer polvorones.

Como me sentía guapa y con tanto que celebrar, decidí ponerme ese sombrero que me compré en rebajas y que nunca utilizo porque, aunque es tan bonito como el de Humphrey Bogart, siento que me queda como al Capitán Alastriste. Completo el atuendo con un abrigo largo negro bien entallado a la cintura y uñas recién pintadas en la china del barrio (he decidido dejar de innovar en chinos de postín)

Al salir de la oficina hace un sol estupendo de invierno, es un día perfecto. Cargo con una bolsa roja bien brillante que mi jefe nos ha regalado a modo de cesta de navidad llena de polvorones. Es tan brillante que ciega la vista.

Me enfundo la mascarilla, las gafas de sol y ¡hasta el año que viene chavales!

En este mundo de color, en este día tan bonito de anuncio de champú y marcando el paso bien fuerte un chico me hace una seña con la mano. Está a un metro de mí así que, atiendo su llamada pensando que me va a preguntar por alguna calle, pero no.

– ¡Me encanta tu sombrero! Te he visto de lejos y la verdad que me pareces una «tía» atractiva.

¿Qué dices ante una situación así? Pues eso, nada. Lo que yo hice, decir nada.

Me cuenta que está harto de Tinder y que ha decidido cambiar de estrategia. Mejor el cara a cara y si se topa con alguien que le gusta, pues se lo dice.

– Ajá… mmmm …. ¡gracias!

Aquí es cuando Patsy me corta la narracción para preguntarme si el chico era joven y guapo.

¡Qué manía con saber si era guapo! No es tan importante, ¿no?

Lo importante es que es un día perfecto, llevo una bolsa llena de polvorones, me siento guapa,  y un chico me ha parado por la calle para decírmelo. Y no pasa nada porque no entienda qué es lo que ha visto en mí bajo las gafas, la mascarilla, el sombrero y un abrigo que me llega hasta los pies.

Da igual, bien crecida sigo mi camino rumbo a casa. No hay nada que pueda salir mal hoy.

Al llegar al semáforo de la Castellana el muñequito verde empieza a parpadear. Me da tiempo a cruzar, pienso.  Corro un poquito y oigo «cataplas».

¡El móvil!

Después de la vergonzosa actuación de tener que agacharme en medio del paso de cebra para recoger el teléfono del suelo y comprobar que tengo la pantalla rota siento cierto fresquito en la cabeza.

¡El sombrero!

Los coches empiezan a pitar, las motos a pasarme por los lados…

Me pongo a salvo en la acera asiendo bien fuerte la bolsa roja brillante con polvorones para contemplar como los coches chafan mi pobre sombrero de galán de cine.

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Nos leemos después de Reyes. ¡Buenos y cumplidos deseos!

 

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