Bye viejuno II

En el capítulo anterior….

Viejuno cool,  va a casa de Patetica por primera vez. Ha sido una cita rápida, casi improvisada. Es domingo y le dice que solo puede quedarse un par de horas porque a las 21.00 tiene que ir al masajista. En el camino en el metro viejuno no para de enviar mensajes a Patetica.

– ¿Quieres que vaya a recogerte al metro? Así, a lo amor?

– Me encantaría. Ponte sexy. Sin ropa interior

– Sexy yo?

– Sí.

Alucino, no tengo bastante con pensar que estoy loca, que la excusa del masajista es la peor que me han puesto en mi vida, que  mi casa era mi único refugio que él desconocía, como para pensar en qué me pongo. Elijo, como venganza, un vestido ancho que deja ver la tira del sujetador.

– Seis paradas. Vestida ?

– Sí

– Y sin ropa interior?

–  Mmmm. Ya lo comprobarás.

– Espero que sí. Lo voy a saber según te bese. Y sin que nadie se de cuenta. Ya estoy saliendo…

¿Saliendo? ¿Ya? Bajo corriendo a buscarle, lo diviso a lo lejos entre la gente, enseguida me encuentra la mirada, sonríe y viene hacia mí. Es tan raro verle aquí… Pierde mucho encanto entre tanta gente.

Cuando está lo suficientemente cerca sus ojos se posan en mi hombro y en la tira del sujetador, parece decepcionado.

– ¿Y esto?

Me temo que me he quedado sin el beso de «holaquetal». La decepción le dura poco porque enseguida se da cuenta de que sólo había cumplido a medias su deseo.

De camino a casa…

– Pues eres más bajito de lo que recordaba. (chúpate esta ¡¡)

– Mido 1,77

– Jajaja. Sí, claro. Ya me he dado cuenta.

En casa no se porta mal, ya le había advertido que era pequeña y que no se podía criticar. Como es tan curioso pregunta de todo, casi más después de llevarme a la cama.

Retozamos casi todo el tiempo que está en casa, está en mi terreno y me creo que soy yo la que tengo el poder de decidir qué hacemos. Supongo que me siento cómoda, generalmente en su casa suelo estar un rato y me voy, bueno alguna vez también me invita a irme porque tiene un compromiso después, como hoy, que tiene el masajista, insisto a las nueve de la noche de un domingo¡¡.

Como el tema va de masajes, le digo que soy una experta de masajes en los pies. Claro, el que es muy tonto tiene la frase clave y en menos de un segundo ya estamos comprobando a ver si soy tan buena como me creo.

– ¿Del uno al diez? ¿Qué nota me pones? – le pregunto.

Silencio. No me queda otra que echarme a reír, que le vamos a hacer…

Salta de la cama y se va directo al baño.

– Me voy a duchar – dice tan seguro de sí mismo.

No doy crédito. Mira que da guerra el tipo. Encima de tener que lavar las sábanas cambiadas el día anterior , me va a tocar también lavar la toalla.

Sale todo peinadito de la ducha.

Le ofrezco algo de beber. No soy como él, que se lo tengo casi que suplicar cuando estamos en su casa, yo soy una tipa educada.

Ups, desde que me he vuelto sana no tengo nada de nada, solo zumos y kombucha.

– ¿Kombucha? Qué es?

Le cuento las maravillas que hace «mi hongo»  en el té y lo sano que es. El sabor ácido le gusta, me pregunta y pregunta mil cosas más, y al final quiere llevarse uno.

Flipo un poco, pero compartir es vivir. ¿Cómo lo puedo llevar? Se lo meto en un tarro de cristal y luego en una bolsa pequeña de «Kiko» y tan contento que se va a su «cita» con la masajista.

A la semana veo una llamada perdida suya, también me había puesto unos mensajes sobre los cuidados de la Kombucha.

– Patética, ¿el azúcar lo añado cuando el té está caliente?

– Yo lo añado cuando está frío

– Ok

Tic tac tic tac. Ok? Me estoy cabreando…

– De nada – ¿pero este tío de que va?

– Gracias

Paso de decirle nada más. Ya sé que volverá a llamar. Pero no, debe ser que la masajista hacía mejores masajes en los pies que yo. Han pasado casi tres meses y no he vuelto a saber nada de él.

Siempre que he pensado que nunca más volvería a verle vuelve a aparecer, pero me parece que esta vez ha pasado demasiado tiempo.

Hasta aquí hemos llegado, bye viejuno, larga vida a la kombucha.

 

 

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